LA MURACINDA. JUAN DE LA CUEVA. 1604.
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La horrible empresa, el espantable efecto |
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de la sangrienta Alecto administrado, |
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canto, de los dos bandos encontrados: |
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el uno de los gatos infieles |
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y el otro de los perros animosos |
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y leales, y cómo fueron muertos |
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y vengados los gatos de su ofensa |
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de haber muerto a la gata Muracinda. |
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Oh musa, a quien le toca este cuidado |
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no te desdeñes del sujeto humilde, |
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pues ya cantó de ranas y ratones |
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el smírneo poeta, y la sagrada |
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lira de Mantua, en números divinos |
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nos dejó la memoria de un moxquito. |
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Tú (oh celeste Can) que entre los astros |
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tienes tu asiento, envía tu socorro |
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en favor de tus canes, que la Muerte |
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los tiene condenados a que mueran, |
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por el orden fatal que iré contando. |
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Tomares, es un agradable pueblo |
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principio del riquísimo Ajarafe |
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puesto en la altura de una ecelsa cumbre, |
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famoso por los frutos de que abunda |
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y por su ilustre fuente esclarecido. |
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Este fértil lugar de Baco y Palas |
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por la parte del Euro que le espira |
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y la Aurora le da la luz primera, |
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mira a la sacra Hispalis y al Betis |
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cómo ciñe la vega de Triana, |
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fértil de vides y árboles frutales; |
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de aquí se ve, volviendo el rostro al Bóreas |
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de la rica Triana el llano asiento, |
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do está el Tribunal sacro que defiende |
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la verdadera fe contra Lutero; |
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desde aquí, atravesando el pueblo ilustre, |
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que dos millas está nuestro Tomares, |
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donde esta historia su principio tuvo, |
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que fue éste su origen verdadero: |
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En los tiempos pasados tuvo un cura |
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de gran dotrina y de virtud ejemplo, |
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que a todo aquel lugar administraba |
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los divinos oficios, enseñando |
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las cosas de la Fe a la rudeza |
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del vulgo agreste que tenía a su cargo. |
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Un día sucedió, que entró en su casa |
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cuando el Sol puesto en su mayor altura, |
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hería la tierra con derechos rayos; |
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ocupó el padre cura, silla y mesa, |
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bastecida de frutas y viandas |
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con moderada cantidad en todo, |
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que la mesa templada desta suerte |
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huye con menosprecio, y abandona |
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la gulosa abundancia, que promete |
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dar de comer a cien epicúreos |
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y osa a Fabricio convidar en ella; |
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prosiguió su comida, y tomó un hueso |
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(en que el Hado encerró la dura muerte |
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que lo había de ser de tantas vidas) |
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y echóselo a la gata Muracinda |
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a quien él regalaba con estremo. |
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