LA AUSTRÍADA. JUAN RUFO. 1582.


 


Canto I


Las armas de Filipe Augusto canto,

Y aquel su hermano heróico y no vencido,

Que en guerras alcanzó renombre tanto,

Triunfando de la muerte y del olvido;

La santa liga y el naval quebranto,

El otomano orgullo entristecido

Por la más clara y próspera victoria

De cuantas fueron dignas de memoria.

 

Diré de Europa los sucesos varios,

La pérdida de Chipre lastimera,

Y sangrientas escuadras de contrarios

Que en fuerte hora ocuparon su ribera;

Casos he de escrebir extraordinarios,

Cuya recordación estar debiera

Esculpida con oro en mármol duro,

Para memoria eterna en lo futuro.

 

No invocaré las musas, ni son parte

Para darme socorro en tal historia,

Ni llegarė á pedir favor á Marte,

Ni á Apolo que enderece mi memoria;

No escribo de sugeto á quien el arte

Pueda industriosamente añadir gloria,

Ni me hará gastar tiempo perdido

La vana pompa del hablar fingido.

 

Dejando pues la bárbara doctrina,

Invoco de las causas la primera,

Eterna Majestad, que es una y trina,

En quien la vida vive que se espera,

Porque infunda en mi voz gracia divina,

Son vivo y eficacia verdadera;

Que no hay subir tan alto humano aliento

Sin quedar engañado y ser violento.

 

Y vos, primero rey de las Españas,

A quien el sumo Rey que rige el cielo

Del orbe cometió partes tamañas,

Que adoran su bondad con santo celo;

Pues tanta parte sois de las hazañas

Que celebrando en versos me desvelo,

Mostradme atento oído y pecho humano,

Que, si es mía la voz, vuestra es la mano.

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